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Julieta Penagos

Relaciones de género, desde la coyuntura y la política o la tv, hasta la moda.

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El deseo no es abstracto, alguien lo financia

Fui víctima de engaños múltiples y sostenidos en el tiempo mientras yo sostenía la vida cotidiana, el cuidado y la economía de una familia. Descubrirlo fue un terrible golpe emocional, luego supe que también fue un golpe económico porque como era la proveedora, sus historias se financiaban con mi salario. Pero más allá del dolor íntimo y personal, entendí que el deseo ejercido en secreto no es un asunto privado cuando se financia con el trabajo, el tiempo y el cuerpo de otra persona; produce efectos, distribuye cargas y deja cuerpos y vidas sosteniendo lo que otros se permiten romper.
Un día me enteré de una historia de infidelidad y, con el tiempo, supe que era una historia entre muchas otras. El que era mi esposo sostuvo engaños reiterados durante años y la mayoría de esos vínculos fueron con mujeres que yo conocía, que habían estado en mi casa, en mi entorno social o profesional, que habían recibido mi solidaridad, que sabían de mi existencia, de la existencia de mi hija, de mi hijo y de mi lugar. Esa proximidad volvió la deslealtad más compleja y es ahí donde nace lo que he estado pensando todos estos meses y se llama La Ética del Deseo .
Él ha venido asumiendo consecuencias personales y sociales, no solamente por haberlo expuesto en el pasado, sino porque también aquellas mujeres quedaron expuestas por mí en sus espacios familiares, laborales o sociales, y lo que descubrí ante la reacción de todas o de sus círculos, de la indignación que les producía mi indignación, me dejó aún más perpleja, porque hay una naturalización del secreto, una banalización de la maldad y la deslealtad, un uso del deseo como territorio sin reglas, y una extrema facilidad con la que se borra a otra mujer de su propia historia para sostener la aventura privada. 



La mala víctima y el ciclo de exposiciones.

Yo, borrada de mi propia historia.


Al exponer lo ocurrido, dejó de ser “un problema de pareja” y se volvió un problema político y ético que amenazó reputaciones, pactos milenarios y compartidos. Resulté ser una muy mala víctima.
Una de sus historias sin mí se dio en un contexto intelectual, cultural, artístico. Y fue allí donde en el cruce entre erotismo, poder simbólico y secreto me borraron intencionadamente, a quien sostenía la vida fuera de escena, fuera de la galería de arte, fuera del cabaret. No se trata de exigirle fidelidad a ella, pero sí de preguntarnos qué hacemos con la información que tenemos cuando deseamos. Si una práctica artística y estética se presenta como crítica a la sexualización de los cuerpos de las mujeres, pero en privado borra a otra mujer de su propia historia para habilitar un placer clandestino, no estamos ante una revolución erótica sino ante una contradicción ética, porque el deseo que se ejerce en secreto no rompe la moral, la elude. No es control del cuerpo, es responsabilidad frente a las vidas que tocamos y la información que tenemos.
Pero la mayoría de las historias que él vivió no fueron en lugares sofisticados como galerías de arte y aquí hay otra dimensión que incomoda nombrar y es la elección. Su deseo no fue casual, se dirigió reiteradamente hacia mujeres precarizadas, vulnerables, necesitadas de reconocimiento, de apoyo económico, de validación. Llegaba a lugares donde la asimetría era evidente y él podía presentarse como el salvador con alguna influencia y con poder. Él buscaba ser deseado sin que importara nada más y la desigualdad le garantizaba admiración fácil porque no buscaba pares, sino espacios donde no tuviera que confrontar su propia mediocridad. Y ellas, atravesadas por vulnerabilidad real, aceptaban. Aquí aparece la paradoja más difícil y es que ellas no eran responsables de su traición, pero tampoco eran ajenas a la estructura que sostenía ese deseo, ellas sabían de mí. Cuando obtuve más información, leí cómo se referían a mí de forma degradante con el permiso de él, y lo hacían, me imagino, para incidir y conseguir formalizar la relación mientras yo era dejada, y ahí hay responsabilidades compartidas y decisiones. Eso nunca se dio, ninguna relación se formalizó, más bien todo salió a la luz y acá aparece una práctica ancestral masculina detestable: la pérdida de funcionalidad de la relación secreta una vez queda descubierta. En la lógica de los hombres más clásicos, las aventuras son secretas, con las amantes no se sale públicamente y la esposa oficial es una, y ese deshonroso lugar era mío. Días después de confrontarlas, empezaron a escribir, una a una, buscando reconexión, ya sea por un café, una clase de inglés o un dinero que le debían. Todas fueron rechazadas o ignoradas y lo sé porque él mismo me lo contó para demostrar una nueva lealtad a mí, buscando, según él, reparar nuestro vínculo. No creo que lo hiciera por ética, lo hizo solamente porque su identidad secreta ahora es irrelevante, porque ya no hay adrenalina cuando todo está expuesto y sin adrenalina no hay deseo.
En uno de mis reclamos —acepto que fue pasado—, justamente con la única mujer que tiene algún capital cultural y simbólico, llegó con la amenaza de demanda de uno de sus amigos. Y es curioso, porque luego supe que él mismo, en privado, cuando el que era mi esposo narraba sus hazañas eróticas, a este hombre amenazante conmigo le fue permitido hacer comentarios denigrantes sobre el cuerpo de esta mujer sin ningún escándalo moral. Eso era humor, confianza, complicidad masculina. “Estar con ella debe ser como estar con un macho”, dijo, una frase que además deja ver su misoginia. Ahí, en secreto, protegido por el sistema y sus amigos, todo estaba bien. En esta anécdota particular, me parece curioso qué se considera violento y qué no. Por ejemplo, denigrar en secreto es tolerable y nadie ve ni nombra cómo opera la violencia simbólica en privado, pero señalar la estructura en público es inaceptable.


El cuidado como trabajo invisible, el deseo como algo que se apoya en esa estructura.

Lo suyo fue abuso perfecto , y en ocho años de historia, una sólo vez hablé de mis inseguridades y dije que sentía que tenía otras historias. Su respuesta, retomada en muchas otras conversaciones por él durante años, fue la indignación y el diagnóstico de "enferma de celos" o "paranoica". Mi intuición la volvió una patología, mientras él hacía cuanto podía para mantener su vida secreta financiada con mi salario. El argumento al que acudía, además de usar mis ingresos para darles mercados, regalos, invitarlas a fiesta, moteles, licores o salidas a comer, era que yo era una mujer depresiva, que temía que mi depresión afectara a nuestro hijo y que estaba agotado de la dinámica conmigo. Así gestionaba su culpa, mi supuesta inestabilidad explicaba su traición. A mí nunca me dijo que me consideraba depresiva o que estuviera aburrido de nuestra dinámica; más bien, especialmente frente a mi círculo, se paraba como un hombre amoroso y admirador de mí. 


La costumbre más antigua del matrimonio no es la fidelidad ni la lealtad, es la impunidad masculina , y eso lo sabe mi cuerpo después de esta historia de abusos prolongados. Cuando hice público el reclamo, el escándalo no fue el engaño sostenido durante años, sino la exposición, la ausencia de impunidad para él, para ellas y para todos los terceros que sostuvieron la estructura del daño hacia mí. Mi indignación y mi reclamo fueron leídos, en todos los círculos, como un acto de “mala fe” de mi parte. ¡Hagame el favor!
Esta historia me hizo ratificar que el deseo masculino se legitima, se considera vital, creativo, inevitable, incluso admirable y hasta saca sonrisas y felicitaciones. Y, justo al lado, mi dolor, y es que cuando hice preguntas, se veía incómodo, excesivo, desbordado. “Es una desequilibrada”, dijo otro. Con mi historia corroboré que las mujeres engañadas podemos sufrir y reclamar pero en privado, sin ruido, ni consecuencias para nadie. Cuando expuse a estas mujeres, todas ellas y sus círculos cercanos no cuestionaron la historia secreta y a mis espaldas, ni que me borraran de mi historia, sino que cuestionaron el reclamo público porque —y ese fue un argumento repetido— “eso se arregla en privado" y "así no se hacen las cosas”. El problema nunca fue la traición de él ni de ellas, el único problema fue que mi dolor dejara de ser privado.
No responsabilizo a las otras mujeres por la infidelidad de quien era mi esposo, ni de los apoyos económicos o las atenciones que les dio, aunque ellas sabían que ese dinero lo ganaba yo, porque esa responsabilidad es exclusivamente suya. Pero sí me pregunto qué ética del deseo estamos construyendo cuando el placer se ejerce sabiendo que hay una vida sostenida por otra mujer que no está presente, no sabe lo que pasa y paga el costo.  El problema no fue su deseo ni el de esas mujeres que me conocían, el problema fue que ese deseo se ejerció engañándome y utilizándome, porque este texto no es sobre él o ellas, es sobre la economía del secreto masculino, sobre quienes sostenemos lo que se ve, sobre las amantes que me conocían y sostenían su deseo clandestino, y sobre el hombre que mantiene su doble vida, aprovecha y circula entre ellas y yo. 

La economía del cuidado y la ética del deseo.

El deseo no ocurre en el vacío, pasa dentro de una economía del cuidado y es que mientras yo estaba ocupado viviendo y respondiendo, el abuso sucedía en secreto y se ejercía con dinero que yo producía, con estabilidad que yo garantizaba y con una casa que yo organizaba. El deseo secreto siempre se financia con trabajo visible reconocido o no y eso no es mojigatería, es ética del cuidado, y no hay ética del cuidado sin una ética del deseo, porque todo deseo que se ejerce sin hacerse cargo, convierte a otra persona en soporte emocional. 
Cuando pienso en mi historia y pienso en mi ex, veo al hombre, al patrón cultural, a la herencia familiar, al contexto social, veo incluso la dimensión política del perdón que a mí me toca, y, al mismo tiempo, veo mi cama herida, porque sus historias son mis historias, y yo voluntariamente no hubiera elegido vivir ni una sola de ellas, no porque me considero mejor, sólo que no hubiera ocupado esos espacios, esa ética, esa estética, o esas formas de ganarse la vida. Y en el centro de todo, ese falso mito que mi historia de abusos me hizo romper: sostener que el deseo es libre, que el sexo es sólo juego y nadie sale herido si quien sostiene no se entera, y no lo pienso desde una jerarquía moral, sino desde una jerarquía del cuidado, y en esa jerarquía, quien sostiene la vida debería ser protegida y privilegiada, pero yo fui borrada por él y por todas ellas. 

 
Mis reclamos o esta columna no buscan justicia, sino quitarle el privilegio al silencio y no quedarme como la esposa triste que llora dignamente sin que nadie la vea. No propongo volver a una moral de control del cuerpo ni del placer porque eso sería un retroceso histórico y vital, lo que hago es pensar el deseo como una práctica situada, que no ocurre fuera de las relaciones de cuidado que hacen posible la vida, porque lo clandestino es una forma muy antigua de impunidad. La ética del cuidado y del deseo no censura el placer, sólo le pide que se haga carga.
Durante siglos el placer fue visto como animal, luego como pecado, después como liberación, más tarde como derecho, pero casi nunca fue pensado como relación. El deseo no es sólo impulso ni derecho personal, es una práctica con consecuencias materiales. Hay una edad en la que una ha ocupado muchos lugares en muchas historias, y puedo ver que el sexo clandestino no es transgresión ni revolución, aunque a los 20 años lo hiciera y lo creyera; por el contrario, el sexo clandestino es viejo, es cómodo y produce desigualdades porque lo clandestino protege al que lo ejerce y violenta a quien sostiene. En mi historia, la que sostenía todo, todo, era yo, y esa información era pública.

Por mi edad, el mercado emocional disponible está plagado de hombres como él, formados para sostener poder simbólico y material, pero no una relación por su incapacidad para gestionar su propia vulnerabilidad. Y luego están los más jóvenes, hombres y mujeres que todavía están aprendiendo a vincularse. Ojalá nuestros hijos no crezcan creyendo que la lealtad es un favor que se le hace a una mujer sino la base de cualquier vínculo. Y ojalá nuestras hijas aprendan que la ansiedad de esperar a que alguien vuelva a casa o escriba no es amor, sino una herida que se normalizó demasiado tiempo.

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Generado con IA

Brad Pitt tipo anime. Generado con IA

El incidente del avión en 2016, que desencadenó en el divorcio de Brad Pitt y Angelina Jolie, Ocurrió durante un vuelo privado entre Francia y California. Brad y su hijo Maddox, de 15 años por aquel entonces, comenzaron a discutir, lo que llevó a Angelina a intervenir para defender a su hijo y esto no le gustó a Pitt, acusándola de sobreprotectora. Brad encerró a Angelina en el baño, la empujó contra la pared, le agarró, la sacudió la cabeza (según diversos medios y una investigación del FBI) y la intimidó dando puños en la pared. Al salir y ante la pregunta de si "mamá está bien", Brad respondió a sus hijos preocupados con un “¡NO!, mami no está bien. Está jodiendo esta familia”, a lo que uno de los niños le contestó: “No es ella, eres tú, p¡nche cabr*n”. Brad reaccionó corriendo hacia el niño, y Jolie se tiró encima de su espalda para evitarlo, sufriendo lesiones en codo y espalda. Brad derramó cerveza sobre Angelina y en otro momento vertió cerveza y vino tinto sobre los niños, además de impedir durante 20 minutos que la familia desembarcara al final del vuelo. Seis días después, Jolie presentó el divorcio.

Las consecuencias no pararon ahí: ahora, tres de sus hijos han renunciado a su apellido, señalando públicamente los momentos dolorosos que vivieron a su lado. Una paternidad marcada por la violencia, la imposición y el control. El incidente del avión refleja una realidad demasiado común: muchos padres ejercen su poder a través de la humillación y el abuso, sin pensar siquiera en el daño irreversible que causan.

La no repetición

Tomada de: https://www.1zoom.me/es/Sr._y_Sra._Smith/t2/1/

Brad Pitt y Angelina Jolie en "Mr and Mrs Smith"
Tomado de: https://www.1zoom.me/es/Sr._y_Sra._Smith/t2/1/

Lo cierto es que las mujeres no queremos repetir las historias de nuestras madres, abuelas y todas nuestras ancestras. Hemos visto, y a menudo soportado, las cicatrices que dejó el maltrato familiar causado especialmente por padres. Los hijos e hijas de hoy exigen ser tratados con respeto y consideración, reconociendo que merecen una vida sin desprecio.

Parece que para muchos hombres, la paternidad no se siente completa sin el control, la represión, el puño en la mesa y el grito. Su indignación ante la pérdida de ese "poder" muestra la poca comprensión y adaptación a los tiempos y a la nueva sensibilidad. Los cambios culturales, producidos en gran medida por los movimientos de mujeres que han conquistado formas de relación basadas en la igualdad y el respeto mutuo, parecen no ser muy aceptados por una amplia comunidad de hombres que insisten en negar la violencia y se indignan ante la exigencia histórica de transformación.

Soy mujer e hija y sé de qué estoy hablando. Comparto los resentimientos generados por paternidades dolorosas y he enfrentado con determinación la imposición gratuita de ex parejas y el reclamo por mi “falta de cooperación” al no asumir un comportamiento determinado. Ya sea en un avión privado, en una casa de un barrio latinoamericano o dentro de un auto en Roma, el incidente del avión con un hombre gritando y golpeando, y una mujer con sus hijos e hijas sobrellevando el dolor, se repite para garantizar que la hegemonía basada en el temor se mantenga. La indignación, la burla o la contrademanda como respuesta sólo profundizan el conflicto originado por una inequidad de género que simplemente no podemos soportar más.

Lecciones para Pitt. Lecciones para papás 

https://www.elle.com/es/star-style/el-estilo-de/g739160/angelina-jolie-brad-pitt-hijos-como-han-crecido/

La actriz Angelina Jolie junto a sus hijos e hijas
Tomado de la revista "Elle"

Seguramente Pitt creyó que su esposa y sus hijos e hijas merecían en ese momento su violencia por discutir, por la sobreprotección de Jolie, por no disciplinar a Maddox, o por desobedecerlo a él. Seguramente Pitt empleó la violencia para asegurarse de que nunca más nadie levantara la voz. Esto significa que Pitt se perciben a sí mismo como jefe y autoridad en una familia, emoción que sabemos bien es muy recurrente en muchísimos otros padres. Eso significa también que deben trabajar en sus emociones y aceptar que ya no es así, que las mujeres madres tienen la misma autoridad que ellos y que la crianza y la disciplina no debe incluir la violencia. Pitt buscaba imponerse y generar respeto a través del miedo, pero solo logró que sus hijos lo desconocieran, quitándose su apellido y alejándose de él. Si bien a violencia de Pitt es extremadamente común y también lo es la resignación familiar, cada día aparecen más reacciones como la de Angelina, sus hijos e hijas: Se alejan para siempre.

Cada integrante de la familia debe sentirse seguro y amado, y los padres deben dejar de percibir el llamado al respeto como un desafío a su autoridad. Si bien, durante toda la historia de la humanidad, los padres han decidido e incidido en el destino de toda la familia, la comprensión sobre el cambio y los beneficios que trae debería ser suficiente para abandonar su táctica de relacionamiento. El amor y el reconocimiento que provienen de relaciones basadas en el respeto y la igualdad son más poderosas que cualquier forma de control.




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Hecha con Ideogram AI

Compartir experiencias de maternidad ha resultado frustrante y muy incómodo para mí porque, a menudo, madres y padres suelen juzgar lo que hago – ya sea de forma sutil o directa – y se ponen como ejemplo para darme a entender que sus prácticas de crianza son mejores. A esta actitud, muy extendida, interiorizada y naturalizada, la he llamado la politización de la crianza, por la argumentación que se usa para anular a los demás y por los círculos donde eso pasa, que son los que me rodean. ¿Cómo podemos entonces despolitizar la crianza de nuestros hijos e hijas?

En primer lugar, la crianza no es un campo de batalla ideológico. Si bien nuestras experiencias personales y sistema de valores influyen en nuestras decisiones como madres y padres, no hay una forma "correcta" de criar. En mi experiencia, tanto en lo cotidiano como en lo profundo, intento que estas decisiones se basen en el amor, el respeto y el deseo de promover la comprensión, así como en apoyar a mi hijo e hija para que alcancen su máximo potencial. Lecciones simples y lugares comunes para un mundo en crisis.

Así mismo, despojo de conceptos y excesiva racionalización todo lo que ocurre en nuestra intimidad: elegir un disfraz, comer una hamburguesa el fin de semana, la música que oímos o las películas que vemos. No quiero ser una mamá “interesante” ni “sabia”. Quiero jugar de forma auténtica y ver Spiderman sin ser juzgada por eso.

La Crianza Como Campo de Batalla


Creada con Ideogram AI


Lastimosamente, la crianza se ha convertido en un campo de batalla ideológico donde madres y padres a menudo opacan las prácticas de unos y otros, imponiendo una impecabilidad ética que anula a las familias "simples". Esta politización ocurre cuando se argumenta con superioridad moral sobre decisiones cotidianas como horarios, dietas, la presencia de un televisor en casa o la forma en que interactúan con sus hijos. Este afán de perfección no solo restringe las emociones de los niños, sino que también les exige reflexiones y actitudes inapropiadas para su momento de vida.

Es raro encontrar conversaciones genuinas y sinceras sobre la crianza; lo que pasa a menudo son retahílas de indirectas y agresiones escondidas que se despliegan como armas, invalidando la experiencia de la otra persona o la otra familia y dando por sentado que la propia visión es la mejor, la más adecuada, la más ética o la más responsable. Esta actitud crea un ambiente de tensión y competitividad que no beneficia, deteriora la amistad y nos distancia. A menudo, me abstengo de contar lo que vivo o compartir mis historias para no salir juzgada. Cuando esto pasa, blanqueo los ojos y guardo silencio. Después cambio de tema.

El Poder del Ejemplo


Más allá del lenguaje, de la música instrumental que oímos, o del cine de culto, el ejemplo que damos como madres es un acto político real, una revolución. Si queremos criar hijos e hijas que sean coherentes, debemos serlo en nuestro propio comportamiento, y ahí me siento tranquila.

Esto significa mostrarles que en casa todos participamos en las tareas, confiar en sus decisiones y escuchar lo que piensan y sienten, hablando de manera sencilla y sin pretender la exquisitez ni la altura moral. Aprender para cambiar siempre, veo en el cambio un valor fundamental. 

Despolitizar el amor, despolitizar el juego, despolitizar la crianza


Un lugar perfecto por su imperfección
Mi familia: Mi lugar perfecto por su imperfección, por su simpleza,
por su desorden

Asumo que lo personal es político, y aunque parezca una contradicción con todo lo que acabo de decir, la crianza también es un acto político. Mi decisión política es la coherencia y la alegría. A las familias que tienden a anular y juzgar, les recomiendo recordar que cada familia es un universo cultural. Juzgar o enseñar cómo deben ser las familias es un acto de violencia. El verdadero acto político debería ser comprender y respetar esa diversidad, permitiendo que cada hogar encuentre su propia forma de amar, jugar y criar en libertad.


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Incluso en medio del terrible panorama marcado por el evidente genocidio, no puedo pasar por alto hechos aparentemente triviales acerca de la forma en la que eventualmente sale a la luz el pasado de las mujeres. Se trata de Jaime del Burgo, empresario español y ex cuñado de la Reina Letizia. Su previa relación con Telma, hermana de la reina, ya había sido objeto de atención mediática. Ahora, Jaime compartió un trino que, a pesar de haber sido eliminado, volvió a ser publicado, acompañado de una foto de la Reina Letizia y el siguiente mensaje: "Amor. Llevo tu pashmina. Es como sentirte a mi lado. Me cuida. Me protege. Cuento las horas para volver a vernos. Amarte. Salir de aquí. Tuya". 

Escrito: 3 Diciembre 2023 @CasaReal @sanchezcastejon. Meses después, Jaime limitó el trino. 


Trino después borrado

Mensaje en X, posteriormente borrado por Jaime Del Burgo


El texto y la imagen insinúan, entre otras cosas, la existencia de un romance entre Jaime del Burgo y la Reina Letizia. Aunque los medios españoles mantienen un silencio considerable al respecto, el revuelo se ha desatado en las redes sociales, especialmente en X, donde se critica a la reina por una supuesta infidelidad. Se la tacha de mala mujer, se cuestiona los aparentes cuernos del rey Felipe y se juzga la conducta pasada de Letizia en su papel moral como reina.


Escrutinio Público


A pesar de sus logros y trayectoria, Letizia siempre ha sido objeto de un escrutinio constante. Conocemos demasiado sobre su primer matrimonio y hasta detalles íntimos, como su supuesto aborto (el mundo tiende a ignorar el hecho de que muchas mujeres, muchísimas, han pasado por la experiencia del aborto). Antes de asumir su papel en la realeza, Letizia, con formación periodística, tenía una destacada carrera en España, trabajando en diversos medios de comunicación en Europa y América. Se desempeñó como redactora en áreas como ciencia, economía y tecnología, además de presentar el noticiero más importante de su país.

Este intenso escrutinio hacia su vida personal parece estar intrínsecamente vinculado a su condición de mujer con poder, que exhibe una confianza apenas natural y envidiable, al menos desde mi perspectiva. Es un tipo de escrutinio que, curiosamente, rara vez experimentan los hombres ¿Se habrá cuestionado alguna vez, si alguna ex pareja del rey Felipe ha pasado por un aborto con su apoyo y participación? Con certeza, no lo sabremos, ya que las mujeres optamos por guardar para nosotras los detalles de nuestro pasado y el de nuestras ex parejas. 

David y Jaime: Traición y doble moral

Portada del libro sobre la reina Letizia de España

Portada de "Adiós, Princesa"
Editorial FOCA


David Rocasolano, primo hermano de la reina y en otro tiempo, un gran amigo, lanzó el libro "Adiós, princesa" en 2013, revelando detalles profundamente privados de la vida de Letizia. Aprovechando la confianza que ella había depositado en él, así como su cercanía familiar, David compartió todo lo que pudo, incluso mencionando un supuesto aborto al que Letizia aparentemente se sometió. La narrativa del libro explora los cambios en la personalidad de Letizia, su ambición y otros detalles que sugieren celos por parte de David ante el súbito poder adquirido por Letizia. 

Esta traición y deslealtad hacia su ex amiga y prima no pasaron desapercibidas. A pesar de que el tema del aborto ocupó los titulares de los medios y las redes sociales, escasamente se habló de David y de su falta de ética, de la mezquindad y la pequeñez de sus acciones. La pregunta persiste: ¿David hubiera actuado de la misma manera si su primo varón hubiera ascendido al trono? La respuesta parece clara, ya que esta exposición implacable parece reservarse exclusivamente para mujeres ambiciosas que ostentan poder.


Imagen tomada de su cuenta de X

Jaime Del Burgo
Imagen tomada de su cuenta de X


Jaime del Burgo y David Rocasolano comparten una conducta similar hacia una mujer que ostenta más poder que ellos, con la que mantuvieron alguna relación en el pasado y a la que no le perdonan su distancia. Jaime primero asegura en el trino que publicó y borró, y luego insinúa en el que republicó, que tuvieron una relación, exponiéndola al público unos 15 años después de su supuesto romance, cuando él ya tiene una pareja y está criando a una niña de tres años. Podemos especular que quizás, Jaime le envió un mensaje a la reina que no fue respondido, o tal vez se encontraron en algún lugar y ella lo trató con frialdad y distancia. También es posible que Jaime haya recordado de repente que ella es mucho más influyente que él y, sin más, decidió revelar algo que no sabemos si es verdad y, en caso de serlo, sabía que la iba a perjudicar y ocurrió hace más de una década.


Ella fue primero mía y la experiencia compartida 


La experiencia compartida de muchas, incluyéndome a mí misma, se asemeja a la de la reina Letizia: en cualquier momento inesperado de la vida, ya sea en una reunión social o a través de un comentario en Instagram, un hombre del pasado, a quien ni siquiera consideras o recuerdas con frecuencia, puede aparecer para afirmar con arrogancia, celos, estupidez y mezquindad: “Ella primero fue mía”.

Y me pregunto, ¿Cómo justifican los hombres la concepción de las relaciones pasadas como 'territorio conquistado' a la luz de la naturaleza fugaz de las relaciones humanas? Responderé como si fuera un hombre: La fascinante concepción de las relaciones pasadas como 'territorio conquistado' convierte el acto, ya sea breve o duradero, de compartir momentos en una gesta épica. -¡Épica!- En este juego de la vida, ¿no resulta encantador considerar que cada ex pareja se convierte en una especie de tierra conquistada en la historia de nuestras odiseas sentimentales?

Retomando mi perspectiva como Julieta, me pregunto si esta visión, más allá de ser una narrativa masculina y 'romántica', también es una manifestación de un sentido de 'poder perdido' sobre el territorio emocional y físico conquistado. Las historias personales, con sus errores, fracasos y victorias, simbolizan crecimiento, madurez, sensatez y tranquilidad. Desde esta óptica, ¿Cómo experimentan los hombres el crecimiento y la autonomía después de una separación? Según mi experiencia, los hombres enfrentan dificultades para "soltar" a las mujeres de su pasado, reflejando así la necesidad de trabajar en sí mismos, en su educación de género, en la conciencia de sus propios prejuicios y en la disposición a aprender y cambiar.

En cualquier relación, la privacidad es fundamental. Aunque las mujeres a menudo somos señaladas como malas amigas y de traicionarnos entre nosotras, sorprendentemente son los hombres quienes, en la mayoría de ocasiones, revelan nuestro pasado sin enfrentar costos personales ni sociales. Todos y todas, deberíamos ser capaces de soltar y respetar las decisiones y distancias de los demás, reconociendo que las personas, y también las mujeres, experimentan cambios a lo largo del tiempo. 

La reina que me cae bien


De Elena Ternovaja - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=124378659

Reina Letizia de España
Tomada de Wikipedia


Como mujer y feminista, tengo una contradicción en mi vida: el seguimiento a las monarquías en el mundo. Letizia ingresó en un momento de cambio de paradigmas para las mujeres, trayendo consigo un pasado y una historia personal y profesional ya construidos. La encuentro como una mujer atractiva con un notable gusto por la moda, aunque este aspecto ha sido objeto de fuertes críticas. A menudo la comparan con su suegra, especialmente por su supuesta incapacidad de tolerar infidelidades o negarse a ser una mujer silenciosa, y por no seguir las tradiciones católicas al pie de la letra como no hacer la señal de la cruz en la misa a pesar de ser una reina católica. A lo largo de los últimos 20 años, ha destacado por su trabajo cercano a los intereses de las mujeres, especialmente las africanas, en relación con sus derechos humanos. Habla con seguridad y contundencia, características que a menudo son interpretadas como soberbia y arrogancia cuando provienen de mujeres.

Jaime y David, parecen tener una aversión profunda hacia Letizia: su imagen, su poder, su distancia, su jactancia y su aparente antipatía. Han recurrido a información personal y confidencial para deslegitimarla, y han tenido éxito en ponerla en el centro de la atención en toda Europa y la prensa rosa. Su moralidad es objeto de cuestionamientos.

Mientras tanto, y tal como le pasó a Letizia, las mujeres continuaremos enfrentándonos a la realidad de tener nuestro pasado y privacidad constantemente en vilo, a merced de las emociones de aquellos que compartieron momentos con nosotras en tiempos ya vencidos.






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Reflexiones imperfectas con enfoque de género. Una mala feminista y mis ideas sobre política, conflictos, cocina, amor, cine y mucho más. Soy Julieta Penagos.

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