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| El deseo no es abstracto, alguien lo financia |
Fui víctima de engaños múltiples y sostenidos en el tiempo mientras yo sostenía la vida cotidiana, el cuidado y la economía de una familia. Descubrirlo fue un terrible golpe emocional, luego supe que también fue un golpe económico porque como era la proveedora, sus historias se financiaban con mi salario. Pero más allá del dolor íntimo y personal, entendí que el deseo ejercido en secreto no es un asunto privado cuando se financia con el trabajo, el tiempo y el cuerpo de otra persona; produce efectos, distribuye cargas y deja cuerpos y vidas sosteniendo lo que otros se permiten romper.
Un día me enteré de una historia de infidelidad y, con el tiempo, supe que era una historia entre muchas otras. El que era mi esposo sostuvo engaños reiterados durante años y la mayoría de esos vínculos fueron con mujeres que yo conocía, que habían estado en mi casa, en mi entorno social o profesional, que habían recibido mi solidaridad, que sabían de mi existencia, de la existencia de mi hija, de mi hijo y de mi lugar. Esa proximidad volvió la deslealtad más compleja y es ahí donde nace lo que he estado pensando todos estos meses y se llama La Ética del Deseo.
Él ha venido asumiendo consecuencias personales y sociales, no solamente por haberlo expuesto en el pasado, sino porque también aquellas mujeres quedaron expuestas por mí en sus espacios familiares, laborales o sociales, y lo que descubrí ante la reacción de todas o de sus círculos, de la indignación que les producía mi indignación, me dejó aún más perpleja, porque hay una naturalización del secreto, una banalización de la maldad y la deslealtad, un uso del deseo como territorio sin reglas, y una extrema facilidad con la que se borra a otra mujer de su propia historia para sostener la aventura privada.
La mala víctima y el ciclo de exposiciones.
Al exponer lo ocurrido, dejó de ser “un problema de pareja” y se volvió un problema político y ético que amenazó reputaciones, pactos milenarios y compartidos. Resulté ser una muy mala víctima.
Una de sus historias sin mí se dio en un contexto intelectual, cultural, artístico. Y fue allí donde en el cruce entre erotismo, poder simbólico y secreto me borraron intencionadamente, a quien sostenía la vida fuera de escena, fuera de la galería de arte, fuera del cabaret. No se trata de exigirle fidelidad a ella, pero sí de preguntarnos qué hacemos con la información que tenemos cuando deseamos. Si una práctica artística y estética se presenta como crítica a la sexualización de los cuerpos de las mujeres, pero en privado borra a otra mujer de su propia historia para habilitar un placer clandestino, no estamos ante una revolución erótica sino ante una contradicción ética, porque el deseo que se ejerce en secreto no rompe la moral, la elude. No es control del cuerpo, es responsabilidad frente a las vidas que tocamos y la información que tenemos.
Pero la mayoría de las historias que él vivió no fueron en lugares sofisticados como galerías de arte y aquí hay otra dimensión que incomoda nombrar y es la elección. Su deseo no fue casual, se dirigió reiteradamente hacia mujeres precarizadas, vulnerables, necesitadas de reconocimiento, de apoyo económico, de validación. Llegaba a lugares donde la asimetría era evidente y él podía presentarse como el salvador con alguna influencia y con poder. Él buscaba ser deseado sin que importara nada más y la desigualdad le garantizaba admiración fácil porque no buscaba pares, sino espacios donde no tuviera que confrontar su propia mediocridad. Y ellas, atravesadas por vulnerabilidad real, aceptaban. Aquí aparece la paradoja más difícil y es que ellas no eran responsables de su traición, pero tampoco eran ajenas a la estructura que sostenía ese deseo, ellas sabían de mí. Cuando obtuve más información, leí cómo se referían a mí de forma degradante con el permiso de él, y lo hacían, me imagino, para incidir y conseguir formalizar la relación mientras yo era dejada, y ahí hay responsabilidades compartidas y decisiones. Eso nunca se dio, ninguna relación se formalizó, más bien todo salió a la luz y acá aparece una práctica ancestral masculina detestable: la pérdida de funcionalidad de la relación secreta una vez queda descubierta. En la lógica de los hombres más clásicos, las aventuras son secretas, con las amantes no se sale públicamente y la esposa oficial es una, y ese deshonroso lugar era mío. Días después de confrontarlas, empezaron a escribir, una a una, buscando reconexión, ya sea por un café, una clase de inglés o un dinero que le debían. Todas fueron rechazadas o ignoradas y lo sé porque él mismo me lo contó para demostrar una nueva lealtad a mí, buscando, según él, reparar nuestro vínculo. No creo que lo hiciera por ética, lo hizo solamente porque su identidad secreta ahora es irrelevante, porque ya no hay adrenalina cuando todo está expuesto y sin adrenalina no hay deseo.
En uno de mis reclamos —acepto que fue pasado—, justamente con la única mujer que tiene algún capital cultural y simbólico, llegó con la amenaza de demanda de uno de sus amigos. Y es curioso, porque luego supe que él mismo, en privado, cuando el que era mi esposo narraba sus hazañas eróticas, a este hombre amenazante conmigo le fue permitido hacer comentarios denigrantes sobre el cuerpo de esta mujer sin ningún escándalo moral. Eso era humor, confianza, complicidad masculina. “Estar con ella debe ser como estar con un macho”, dijo, una frase que además deja ver su misoginia. Ahí, en secreto, protegido por el sistema y sus amigos, todo estaba bien. En esta anécdota particular, me parece curioso qué se considera violento y qué no. Por ejemplo, denigrar en secreto es tolerable y nadie ve ni nombra cómo opera la violencia simbólica en privado, pero señalar la estructura en público es inaceptable.
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| El cuidado como trabajo invisible, el deseo como algo que se apoya en esa estructura. |
Lo suyo fue abuso perfecto, y en ocho años de historia, una sólo vez hablé de mis inseguridades y dije que sentía que tenía otras historias. Su respuesta, retomada en muchas otras conversaciones por él durante años, fue la indignación y el diagnóstico de "enferma de celos" o "paranoica". Mi intuición la volvió una patología, mientras él hacía cuanto podía para mantener su vida secreta financiada con mi salario. El argumento al que acudía, además de usar mis ingresos para darles mercados, regalos, invitarlas a fiesta, moteles, licores o salidas a comer, era que yo era una mujer depresiva, que temía que mi depresión afectara a nuestro hijo y que estaba agotada de la dinámica conmigo. Así gestionaba sus acciones, mi supuesta inestabilidad explicaba su traición. A mí nunca me dijo que me consideraba depresiva o que estuviera aburrido de nuestra dinámica; más bien, especialmente frente a mi círculo, se paraba como un hombre amoroso y admirador de mí.
La costumbre más antigua del matrimonio no es la fidelidad ni la lealtad, es la impunidad masculina, y eso lo sabe mi cuerpo después de una historia de abusos prolongados. Cuando hice público el reclamo, el escándalo no fue el engaño sostenido durante años, sino la exposición, la ausencia de impunidad para él, para ellas y para todos los terceros que sostuvieron la estructura del daño hacia mí. Mi indignación y mi reclamo fueron leídos, en todos los círculos, como un acto de “mala fe” de mi parte. ¡Hagame el favor!
Esta historia me hizo ratificar que el deseo masculino se legitima, se considera vital, creativo, inevitable, incluso admirable y hasta saca sonrisas y felicitaciones. Y, paralelamente, mi dolor, cuando hice preguntas, se veía incómodo, excesivo, desbordado. “Es una desequilibrada”, dijo otro. Con mi historia corroboré que las mujeres engañadas podemos sufrir, pero no incomodar, reclamar sólo en privado y sin ruido, podemos tener razón, pero sin consecuencias para nadie. Cuando expuse a estas mujeres, todas ellas y sus círculos cercanos no cuestionaron la historia secreta y a mis espaldas, ni que me borraran de mi historia, sino que cuestionaron el reclamo público porque —y ese fue un argumento repetido— “eso se arregla en privado y así no se hacen las cosas”. El problema nunca fue la traición de él ni de ellas, el único problema fue que mi dolor dejara de ser privado.
No responsabilizo a las otras mujeres por la infidelidad de quien era mi esposo, ni de los apoyos económicos o las atenciones que les dio, aunque ellas sabían que ese dinero lo ganaba yo; porque esa responsabilidad es exclusivamente suya. Pero sí me pregunto qué ética del deseo estamos construyendo cuando el placer se ejerce sabiendo que hay una vida sostenida por otra mujer que no está presente, no sabe lo que pasa y paga el costo.
La economía del cuidado y la ética del deseo.
El deseo no ocurre en el vacío, pasa dentro de una economía del cuidado y es que mientras yo estaba ocupada viviendo y respondiendo, el abuso sucedía en secreto y se ejercía con dinero que yo producía, con estabilidad que yo garantizaba y con una casa que yo organizaba. El deseo secreto siempre se financia con trabajo visible reconocido o no y eso no es mojigatería, es ética del cuidado, y no hay ética del cuidado sin una ética del deseo, porque todo deseo que se ejerce sin hacerse cargo, convierte a otra persona en soporte emocional.
Cuando pienso en mi historia y pienso en mi ex, veo al hombre, al patrón cultural, a la herencia familiar, al contexto social, veo incluso la dimensión política del perdón que a mí me toca, y, al mismo tiempo, veo mi cama herida, porque sus historias son mis historias, y yo voluntariamente no hubiera elegido vivir ni una sola de ellas, no porque me considero mejor, sólo que no hubiera ocupado esos espacios, esa ética, esa estética, o esas formas de ganarse la vida. Y en el centro de todo, ese falso mito que mi historia de abusos me hizo romper: sostener que el deseo es libre, que el sexo es sólo juego y nadie sale herido si quien sostiene no se entera, y no lo pienso desde una jerarquía moral, sino desde una jerarquía del cuidado, y en esa jerarquía, quien sostiene la vida debería ser protegida y privilegiada, pero yo fui borrada por él y por todas ellas.
Mis reclamos o esta columna no buscan justicia, sino quitarle el privilegio al silencio y no quedarme como la esposa triste que llora dignamente sin que nadie la vea. No propongo volver a una moral de control del cuerpo ni del placer porque eso sería un retroceso histórico y vital, lo que hago es pensar el deseo como una práctica situada, que no ocurre fuera de las relaciones de cuidado que hacen posible la vida, porque lo clandestino es una forma muy antigua de impunidad. La ética del cuidado y del deseo no censura el placer, sólo le pide que se haga cargo.
Durante siglos el placer fue visto como animal, luego como pecado, después como liberación, más tarde como derecho, pero casi nunca fue pensado como relación. El deseo no es sólo impulso ni derecho personal, es una práctica con consecuencias materiales. Hay una edad en la que una ha ocupado muchos lugares en muchas historias, y puedo ver que el sexo clandestino no es transgresión ni revolución, aunque a los 20 años lo hiciera y lo creyera; por el contrario, el sexo clandestino es viejo, es cómodo y produce desigualdades porque lo clandestino protege al que lo ejerce y violenta a quien sostiene. En mi historia, la que sostenía todo, todo, era yo, y esa información era pública.
Por mi edad, el mercado emocional disponible está plagado de hombres como él, formados para sostener poder simbólico y material, pero no una relación por su incapacidad para gestionar su propia vulnerabilidad. Y luego están los más jóvenes, hombres y mujeres que todavía están aprendiendo a vincularse. Ojalá nuestros hijos no crezcan creyendo que la lealtad es un favor que se le hace a una mujer sino la base de cualquier vínculo. Y ojalá nuestras hijas aprendan que la ansiedad de esperar a que alguien vuelva a casa o escriba no es amor, sino una herida que se normalizó demasiado tiempo.
















