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Julieta Penagos

Relaciones de género, desde la coyuntura y la política o la tv, hasta la moda.

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El deseo no es abstracto, alguien lo financia

Fui víctima de engaños múltiples y sostenidos en el tiempo mientras yo sostenía la vida cotidiana, el cuidado y la economía de una familia. Descubrirlo fue un terrible golpe emocional, luego supe que también fue un golpe económico porque como era la proveedora, sus historias se financiaban con mi salario. Pero más allá del dolor íntimo y personal, entendí que el deseo ejercido en secreto no es un asunto privado cuando se financia con el trabajo, el tiempo y el cuerpo de otra persona; produce efectos, distribuye cargas y deja cuerpos y vidas sosteniendo lo que otros se permiten romper.
Un día me enteré de una historia de infidelidad y, con el tiempo, supe que era una historia entre muchas otras. El que era mi esposo sostuvo engaños reiterados durante años y la mayoría de esos vínculos fueron con mujeres que yo conocía, que habían estado en mi casa, en mi entorno social o profesional, que habían recibido mi solidaridad, que sabían de mi existencia, de la existencia de mi hija, de mi hijo y de mi lugar. Esa proximidad volvió la deslealtad más compleja y es ahí donde nace lo que he estado pensando todos estos meses y se llama La Ética del Deseo .
Él ha venido asumiendo consecuencias personales y sociales, no solamente por haberlo expuesto en el pasado, sino porque también aquellas mujeres quedaron expuestas por mí en sus espacios familiares, laborales o sociales, y lo que descubrí ante la reacción de todas o de sus círculos, de la indignación que les producía mi indignación, me dejó aún más perpleja, porque hay una naturalización del secreto, una banalización de la maldad y la deslealtad, un uso del deseo como territorio sin reglas, y una extrema facilidad con la que se borra a otra mujer de su propia historia para sostener la aventura privada. 



La mala víctima y el ciclo de exposiciones.

Yo, borrada de mi propia historia.


Al exponer lo ocurrido, dejó de ser “un problema de pareja” y se volvió un problema político y ético que amenazó reputaciones, pactos milenarios y compartidos. Resulté ser una muy mala víctima.
Una de sus historias sin mí se dio en un contexto intelectual, cultural, artístico. Y fue allí donde en el cruce entre erotismo, poder simbólico y secreto me borraron intencionadamente, a quien sostenía la vida fuera de escena, fuera de la galería de arte, fuera del cabaret. No se trata de exigirle fidelidad a ella, pero sí de preguntarnos qué hacemos con la información que tenemos cuando deseamos. Si una práctica artística y estética se presenta como crítica a la sexualización de los cuerpos de las mujeres, pero en privado borra a otra mujer de su propia historia para habilitar un placer clandestino, no estamos ante una revolución erótica sino ante una contradicción ética, porque el deseo que se ejerce en secreto no rompe la moral, la elude. No es control del cuerpo, es responsabilidad frente a las vidas que tocamos y la información que tenemos.
Pero la mayoría de las historias que él vivió no fueron en lugares sofisticados como galerías de arte y aquí hay otra dimensión que incomoda nombrar y es la elección. Su deseo no fue casual, se dirigió reiteradamente hacia mujeres precarizadas, vulnerables, necesitadas de reconocimiento, de apoyo económico, de validación. Llegaba a lugares donde la asimetría era evidente y él podía presentarse como el salvador con alguna influencia y con poder. Él buscaba ser deseado sin que importara nada más y la desigualdad le garantizaba admiración fácil porque no buscaba pares, sino espacios donde no tuviera que confrontar su propia mediocridad. Y ellas, atravesadas por vulnerabilidad real, aceptaban. Aquí aparece la paradoja más difícil y es que ellas no eran responsables de su traición, pero tampoco eran ajenas a la estructura que sostenía ese deseo, ellas sabían de mí. Cuando obtuve más información, leí cómo se referían a mí de forma degradante con el permiso de él, y lo hacían, me imagino, para incidir y conseguir formalizar la relación mientras yo era dejada, y ahí hay responsabilidades compartidas y decisiones. Eso nunca se dio, ninguna relación se formalizó, más bien todo salió a la luz y acá aparece una práctica ancestral masculina detestable: la pérdida de funcionalidad de la relación secreta una vez queda descubierta. En la lógica de los hombres más clásicos, las aventuras son secretas, con las amantes no se sale públicamente y la esposa oficial es una, y ese deshonroso lugar era mío. Días después de confrontarlas, empezaron a escribir, una a una, buscando reconexión, ya sea por un café, una clase de inglés o un dinero que le debían. Todas fueron rechazadas o ignoradas y lo sé porque él mismo me lo contó para demostrar una nueva lealtad a mí, buscando, según él, reparar nuestro vínculo. No creo que lo hiciera por ética, lo hizo solamente porque su identidad secreta ahora es irrelevante, porque ya no hay adrenalina cuando todo está expuesto y sin adrenalina no hay deseo.
En uno de mis reclamos —acepto que fue pasado—, justamente con la única mujer que tiene algún capital cultural y simbólico, llegó con la amenaza de demanda de uno de sus amigos. Y es curioso, porque luego supe que él mismo, en privado, cuando el que era mi esposo narraba sus hazañas eróticas, a este hombre amenazante conmigo le fue permitido hacer comentarios denigrantes sobre el cuerpo de esta mujer sin ningún escándalo moral. Eso era humor, confianza, complicidad masculina. “Estar con ella debe ser como estar con un macho”, dijo, una frase que además deja ver su misoginia. Ahí, en secreto, protegido por el sistema y sus amigos, todo estaba bien. En esta anécdota particular, me parece curioso qué se considera violento y qué no. Por ejemplo, denigrar en secreto es tolerable y nadie ve ni nombra cómo opera la violencia simbólica en privado, pero señalar la estructura en público es inaceptable.


El cuidado como trabajo invisible, el deseo como algo que se apoya en esa estructura.

Lo suyo fue abuso perfecto , y en ocho años de historia, una sólo vez hablé de mis inseguridades y dije que sentía que tenía otras historias. Su respuesta, retomada en muchas otras conversaciones por él durante años, fue la indignación y el diagnóstico de "enferma de celos" o "paranoica". Mi intuición la volvió una patología, mientras él hacía cuanto podía para mantener su vida secreta financiada con mi salario. El argumento al que acudía, además de usar mis ingresos para darles mercados, regalos, invitarlas a fiesta, moteles, licores o salidas a comer, era que yo era una mujer depresiva, que temía que mi depresión afectara a nuestro hijo y que estaba agotado de la dinámica conmigo. Así gestionaba su culpa, mi supuesta inestabilidad explicaba su traición. A mí nunca me dijo que me consideraba depresiva o que estuviera aburrido de nuestra dinámica; más bien, especialmente frente a mi círculo, se paraba como un hombre amoroso y admirador de mí. 


La costumbre más antigua del matrimonio no es la fidelidad ni la lealtad, es la impunidad masculina , y eso lo sabe mi cuerpo después de esta historia de abusos prolongados. Cuando hice público el reclamo, el escándalo no fue el engaño sostenido durante años, sino la exposición, la ausencia de impunidad para él, para ellas y para todos los terceros que sostuvieron la estructura del daño hacia mí. Mi indignación y mi reclamo fueron leídos, en todos los círculos, como un acto de “mala fe” de mi parte. ¡Hagame el favor!
Esta historia me hizo ratificar que el deseo masculino se legitima, se considera vital, creativo, inevitable, incluso admirable y hasta saca sonrisas y felicitaciones. Y, justo al lado, mi dolor, y es que cuando hice preguntas, se veía incómodo, excesivo, desbordado. “Es una desequilibrada”, dijo otro. Con mi historia corroboré que las mujeres engañadas podemos sufrir y reclamar pero en privado, sin ruido, ni consecuencias para nadie. Cuando expuse a estas mujeres, todas ellas y sus círculos cercanos no cuestionaron la historia secreta y a mis espaldas, ni que me borraran de mi historia, sino que cuestionaron el reclamo público porque —y ese fue un argumento repetido— “eso se arregla en privado" y "así no se hacen las cosas”. El problema nunca fue la traición de él ni de ellas, el único problema fue que mi dolor dejara de ser privado.
No responsabilizo a las otras mujeres por la infidelidad de quien era mi esposo, ni de los apoyos económicos o las atenciones que les dio, aunque ellas sabían que ese dinero lo ganaba yo, porque esa responsabilidad es exclusivamente suya. Pero sí me pregunto qué ética del deseo estamos construyendo cuando el placer se ejerce sabiendo que hay una vida sostenida por otra mujer que no está presente, no sabe lo que pasa y paga el costo.  El problema no fue su deseo ni el de esas mujeres que me conocían, el problema fue que ese deseo se ejerció engañándome y utilizándome, porque este texto no es sobre él o ellas, es sobre la economía del secreto masculino, sobre quienes sostenemos lo que se ve, sobre las amantes que me conocían y sostenían su deseo clandestino, y sobre el hombre que mantiene su doble vida, aprovecha y circula entre ellas y yo. 

La economía del cuidado y la ética del deseo.

El deseo no ocurre en el vacío, pasa dentro de una economía del cuidado y es que mientras yo estaba ocupado viviendo y respondiendo, el abuso sucedía en secreto y se ejercía con dinero que yo producía, con estabilidad que yo garantizaba y con una casa que yo organizaba. El deseo secreto siempre se financia con trabajo visible reconocido o no y eso no es mojigatería, es ética del cuidado, y no hay ética del cuidado sin una ética del deseo, porque todo deseo que se ejerce sin hacerse cargo, convierte a otra persona en soporte emocional. 
Cuando pienso en mi historia y pienso en mi ex, veo al hombre, al patrón cultural, a la herencia familiar, al contexto social, veo incluso la dimensión política del perdón que a mí me toca, y, al mismo tiempo, veo mi cama herida, porque sus historias son mis historias, y yo voluntariamente no hubiera elegido vivir ni una sola de ellas, no porque me considero mejor, sólo que no hubiera ocupado esos espacios, esa ética, esa estética, o esas formas de ganarse la vida. Y en el centro de todo, ese falso mito que mi historia de abusos me hizo romper: sostener que el deseo es libre, que el sexo es sólo juego y nadie sale herido si quien sostiene no se entera, y no lo pienso desde una jerarquía moral, sino desde una jerarquía del cuidado, y en esa jerarquía, quien sostiene la vida debería ser protegida y privilegiada, pero yo fui borrada por él y por todas ellas. 

 
Mis reclamos o esta columna no buscan justicia, sino quitarle el privilegio al silencio y no quedarme como la esposa triste que llora dignamente sin que nadie la vea. No propongo volver a una moral de control del cuerpo ni del placer porque eso sería un retroceso histórico y vital, lo que hago es pensar el deseo como una práctica situada, que no ocurre fuera de las relaciones de cuidado que hacen posible la vida, porque lo clandestino es una forma muy antigua de impunidad. La ética del cuidado y del deseo no censura el placer, sólo le pide que se haga carga.
Durante siglos el placer fue visto como animal, luego como pecado, después como liberación, más tarde como derecho, pero casi nunca fue pensado como relación. El deseo no es sólo impulso ni derecho personal, es una práctica con consecuencias materiales. Hay una edad en la que una ha ocupado muchos lugares en muchas historias, y puedo ver que el sexo clandestino no es transgresión ni revolución, aunque a los 20 años lo hiciera y lo creyera; por el contrario, el sexo clandestino es viejo, es cómodo y produce desigualdades porque lo clandestino protege al que lo ejerce y violenta a quien sostiene. En mi historia, la que sostenía todo, todo, era yo, y esa información era pública.

Por mi edad, el mercado emocional disponible está plagado de hombres como él, formados para sostener poder simbólico y material, pero no una relación por su incapacidad para gestionar su propia vulnerabilidad. Y luego están los más jóvenes, hombres y mujeres que todavía están aprendiendo a vincularse. Ojalá nuestros hijos no crezcan creyendo que la lealtad es un favor que se le hace a una mujer sino la base de cualquier vínculo. Y ojalá nuestras hijas aprendan que la ansiedad de esperar a que alguien vuelva a casa o escriba no es amor, sino una herida que se normalizó demasiado tiempo.

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Ansa y Hollapa ven una película en "Flores de Otoño"
Ansa y Holappa en "Hojas de otoño"
Tomado de  https://mubi.com/es/co/films/fallen-leaves-2023 

En el cine de Aki Kaurismäki, las historias son hechas de silencios que hablan más que las palabras. Su minimalismo emocional, su delicadeza y sus personajes, a menudo habitantes de los márgenes de la sociedad, se mueven en fábricas, bares, salas de cine; lugares mínimos y llenos de significado. Ya sabemos que Kaurismäki tiene esa capacidad de encontrar belleza en lo cotidiano, de mostrarnos que las vidas simples están hechas de melancolías y esperanzas.   

En "Hojas de otoño", Ansa, la protagonista, es una mujer que enfrenta las dificultades de la vida con una dignidad que desarma. A pesar de las desilusiones que recibe, no se deja amilanar por el drama. Organiza su casa, enfrenta la mesquindad de su jeje con despreocupación, adopta un perro y sigue adelante. Sus silencios y pequeños gestos nos cuentan más sobre ella que cualquier diálogo. Y, de fondo, las noticias sobre Ucrania en su pequeña radio capaz de amplificar el caos del mundo.

Pienso en Ansa y me veo reflejada en ella. Mi vida, como la suya, ha sido sacudida por un desamor que podría haberme roto. Pero aquí estoy, cumpliendo 44 años, escribiendo estas palabras, dándole belleza a mi historia y buscando el sentido en medio del caos. 

En “Hojas de Otoño”, sabemos que es 2024 por un calendario que aparece por ahí, pero la relación de sus personajes con la tecnología es encantadora. Los celulares, por ejemplo, se usan solamente para hablar por teléfono, logrando aislarles del ruido del mundo moderno, esto les permite habitar su soledad y sus preocupaciones. En mi historia de desamor, mi ex pareja vivía obsesionado en su celular, habitando otros lugares, construyendo otras eróticas, añorando otro cuerpo. Yo estaba muy ocupada pagando las cuentas y arreglando la casa mientras él, con más tiempo que yo, hacía uso de mi tarjeta y gastaba mi salario en otra relación. Así viví la simpleza de mi vida.  

Las hojas que caen de mi árbol.

El árbol que soy
creado con DALL-E 3

Cuando vi “Hojas de Otoño”, pensé en mi vida como un árbol cuyas hojas caen. Lo construí como se construye cualquier proyecto: expectativas, sueños, amor, pero ahora las hojas caen y cada una de ellas es una pérdida, una traición, un golpe. Mi matrimonio, que muchas personas veían como sólidas, desde hace años pendía de un hilo y un buen día se desmoronó tras muchas mentiras e infidelidad. Mi ex pareja, conocido por muchos como un hombre "bueno", me engañó y lastimó de muchas formas. Él justifica sus actos en las sombras de su infancia, pero lo que yo veo es una capacidad increíble para destruir todo a su paso. Es su mayor talento.

Lo más doloroso ha sido ver cómo involucró a nuestro hijito de cuatro añitos en su infidelidad. A esa edad, los vínculos son frágiles y las confusiones dejan heridas. Y luego está el ruido. Las mentiras que él dijo sobre mí, acaso para compartir la culpa, como esa afirmación absurda de que llamé a la mujer con la que me engañó para insultarla. Quiero que esto quede claro: eso jamás ocurrió. No llamé, no insulté, no participé en ese juego de degradación. Cuando me enteré del engaño, lo saqué de mi espacio inmediatamente y me quedé con mis hijos, mi engaño, mi dignidad y mi verdad en casa. 

El caos frente al silencio  

Envidio los silencios de Kaurismäki. La sobriedad de su mundo, donde hasta el dolor tiene un orden, una contención. En mi vida, lo que tengo es caos, ruido, comentarios, juicios y la responsabilidad otorgada a mí por haberlo elegido. Los lugares donde compartí momentos importantes, donde se construyó y se desmoronó el amor, ahora son fantasmas que a veces no puedo reconocer. Pero, como el árbol en otoño, sé que este no es el final. Las hojas caen, pero el árbol no muere y se prepara para un nuevo comienzo.   

Ansa, yo y la dignidad frente al desamor  

Ansa y su perro Chaplin en "Hoja de otoño"
Ansa y su perro Chaplin en "Hojas de otoño"
Tomado de  https://www.pagina12.com.ar/617303-hojas-de-otono-cuento-de-hadas-y-realismo-en-el-ultimo-film-
Como Ansa, yo también tengo una cotidianidad simple y enfrento dificultades: la búsqueda de un empleo, organizar mi casa, cuidar de mi hijo, mi hija y mi gata, y encontrar sentidos en medio de la incertidumbre. No me dejo consumir por el drama, aunque a veces el dolor por la traición y la deslealtad parecen muy grandes, siempre aparecen cada día las pequeñas esperanzas que me hacen sollozar o me sacan sonrisitas.

Descubrir la verdad, aunque duela, me dio una claridad que agradezco con sinceridad y sólo fue allí donde encontré tranquilidad. Después de tantos años de convivencia, por fin sé que estoy en el camino hacia la simplicidad que vengo buscando.

El amor de Holappa y Ansa surge en las entrañas mismas de la vida cotidiana, un amor que parece tan frágil como las hojas que caen en otoño, pero que, a pesar de todo, logra florecer. En mi historia, ese amor se perdió o se rompió y mi cuerpo siente que las hojas que alguna vez adornaron nuestro árbol cayeron al suelo, dejándome vacío y nostalgia.

Creo que, al final, después de la tristeza que produce la verdad, solo puede estar la belleza y la armonía. 

Ficha técnica:

Título Original: Kuolleet Lehdet
Origen: Alemania, Finlandia
Género: Comedia, Drama, Romance
Director: Aki Kaurismäki
Actores: Alma Pöysti, Jussi Vatanen, Janne Hyytiäinen, Nuppu Koivu, Alina Tomnikov, Martti Suosalo, Matti Onnismaa, Sakari Kuosmanen, Simon Al-Bazoon, Maria Heiskanen


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Tomada de HBO

Charlotte, Carrie, Miranda y Samantha. Protagonistas de Sex And the City. 
Tomado de HBO

Volví a ver toda "Sex and the City" . El algoritmo lo supo y me descubrió todas las críticas a la serie en mis redes, señalando, por ejemplo, el apego ansioso de Carrie y la masculinidad mesquina de John. Esta vez, celebré la imperfección de todas ellas y reconocí su contexto histórico: tan noventero, tan infame con las mujeres y nosotras tan ingenuamente habitando como nunca antes la libertad y la autonomía. Creo que sus personajes han crecido y, si alguna vez hay un capítulo dedicado a sus memorias, seguro reconocerán la estupidez de sus acciones en medio de toda esa energía juvenil tan fogosa e inexperta. 

Un grupo de amigas

Tomada de HBO

Las amigas bebe cosmopolita
Tomada de HBO

Aquellas chicas plantearon en la pantalla asuntos que eran tabú, raros o complejos. Importante la exploración sobre la amistad entre mujeres, para ser potentes, darse cuenta de seguridad, reconocer el miedo o desayunar el sábado mientras lee el periódico. Importante nombrarse y reconocerse desde la frivolidad, darle prioridad a elegir un atuendo o unos zapatos, visitar lugares chic o tener sueños superficiales, a riesgo de ser señaladas como menos mujeres, pocas mujeres o mujeres sin valor; porque antes, como ahora, “las mujeres de verdad” son profundas y miran casi como monjas, sobria y discretamente. El grupo de amigas buscaba el placer porque sí, para divertirse, vengarse, sentirse bellas o pasar el tiempo. También decidió terminar relaciones para seguir con otra u otras, o estar solas. Una de ellas se deleitaba con su cuerpo, lo veía como algo perfecto y eso es poco común.

La lucha interna

Todavía nos pesa la premisa fundamental sobre la feminidad y la resignación como ética, el aguante como rasgo natural, el silencio como evidencia de una buena educación y la obediencia para mantener una pareja. Estas décadas de feminismo han conquistado, entre otras cosas, olvidar esas premisas, construir una “identidad” —si se le puede llamar así— de lo que significa ser mujeres y la forma de nombrar las cosas. Lo que la psicología designaba como “dependencia emocional” o “inseguridad” ahora se nombra como “apego ansioso”, una forma común de etiquetar a Carrie en la contemporaneidad. El apego ansioso es un patrón de comportamiento en el cual una persona busca seguridad y validación en sus relaciones, causado por un miedo al rechazo o al abandono.

Yo vuelvo a los noventa, a las premisas fundamentales sobre la feminidad, la identidad de las mujeres y el comportamiento de Carrie frente al señor Big . El apego ansioso de Carrie lo veo como una lucha interna por desconocer una tradición que calla y soporta por ser mujer. John quiere pero no quiere, ama a veces, huye y vuelve. Carrie se desespera y se confunde porque ella debería llamar por ser mujer, pero no puede y tampoco sabe cómo hablar de sus incomodidades ni de lo que espera sin gritar o parecer nerviosa. No sabe porque en los noventa apenas se hablaba de esto, así que gritaba, dudaba, se iba, volvía... igual que ahora, pero más patético porque pasó 24 años atrás. Carrie Bradshaw, en lugar de callar, decía lo que sentía, lo decía enojada, desafiaba la tradición que le tocaba mantener por ser mujer y eso, queridas amigas, deberíamos reconocerlo.

Privilegios y mezquindades

Sexo en la ciudad

Carrie y John rompen por primera vez
Tomado de HBO

Si en algo estamos de acuerdo es que Mr. Big fue básicamente un gran cretino, y si algo les va a doler colectivamente es que ese rasgo se mantiene en casi todos los hombres que rodean a las mujeres, desde padres responsables o ausentes, hijos respetuosos o desagradecidos, amigos y esposos. John encarna en la serie los valores predominantes en la mayoría de los hombres: privilegios y mezquindades.

La cretinez masculina es una licencia cultural que les permite a los hombres ser imperfectos y cometer errores sin que haya grandes consecuencias. Hombres que gritan como locos cuando se estresan, que son infieles o pagan por sexo cuando se aburren de sus parejas, que se engordan y se les cae la cola cuando envejecen y que dejan de pagar la cuota alimentaria de sus hijos e hijas cuando tienen una gran fiesta o quieren un nuevo celular. La cretinez masculina es inaceptable en las mujeres.

No hay posibilidades realistas de que Mr. Big fuera de otra manera en los noventa (ni en la actualidad) y todos sus errores están bien justificados en la narración, ya sea al inicio de su relación con Carrie porque sentía miedo tras el fracaso de sus primeros matrimonios, porque la joven y delicada Natasha era irresistible, o por toda la presión que ejerció Carrie antes de la boda, cuando él la plantó. Mr. Big hizo lo que tenía permitido: ser un cretino. La historia de las relaciones entre hombres y mujeres está atravesada por la infamia y, tristemente, las mujeres solemos perdonar los errores de nuestras parejas muchas más veces de las que somos capaces de reconocer.

El otro amor importante de Carrie, Aidan, modelo masculino que muchas añoran, lo recuerdo y lo percibo controlador e invasivo. Quería estar justo al lado de ella siempre, incluso cuando estaba con Charlotte y Samantha, acompañando a Miranda a enterrar a su mamá que acababa de morir. ¿Acaso no era un momento profundamente íntimo y entre amigas? ¿Desde cuándo invadir la privacidad y la intimidad de una mujer pasa como amor o incondicionalidad? ¿Las críticas actuales sobre Aidan no alcanzan a percibir sus formas invasivas?

Ya en “And Just Like That” volvió a decepcionar, primero, cuando fue incapaz de entrar en la casa de Carrie luego del reencuentro, y al final de la segunda temporada, cuando decidió que no podía ser hombre y padre al mismo tiempo.

Lo imperdonable

Sexo en la ciudad

Fiesta en la Terraza
Tomada de HBO

No vine a adular la serie, les voy a contar algunos aspectos del guión que me molestaron de verdad: 

Al comienzo, en la primera temporada, Carrie escribía sobre los hombres que sólo tienen sexo con modelos. Ellos siempre fueron narrados por la columnista como hombres, pero ellas, las modelos, eran una especie de “mujeres falsas” o “no eran mujeres de verdad”. Recuerdo que por aquella época, cuando era una jovencita, hombres y mujeres definían a las mujeres y las ubicaban de acuerdo a la forma en la que se ganaban la vida o por cómo se vestían. En la ética feminista, todas las mujeres son de verdad: las que se operan o modifican su cuerpo, las que hacen ejercicio todas las semanas, las que modelan, las que no quieren ser madres o las que se maquillan. En una escena en donde Carrie entrevista a un amigo para entender su actitud, él la lleva a su casa, le confiesa con total tranquilidad que mientras sostiene relaciones sexuales con modelos las graba, proyecta las imágenes en unas pantallas para que Carrie las vea, y dice además que a menudo se distrae con esas imágenes. Carrie mira un poco desconcertada, pero no está indignada, ni siquiera confundida. Seguramente en los noventa grabar de forma inconsulta una relación sexual no era un delito, como tampoco lo era compartir las imágenes también de forma inconsulta con la gente. Quiero pensar que si la serie fuera escrita hoy, Carrie hubiera demandado a su fuente por delincuente. Lo imperdonable fue la actitud de Carrie y la impunidad de semejante delito.

Cuando las chicas hacían cosas que se reprochaban a ellas mismas, decían “Me estoy convirtiendo en el tipo de mujer que odiamos”. Fue una reflexión que solían usar y refleja la costumbre de odiar a las mujeres y tener argumentos para hacerlo: odiar porque dijo algo tonto, porque tiene sueños tontos o un novio tonto con el que pasa todo el tiempo. Odiar a las mujeres y odiarnos entre nosotras es la victoria más importante del patriarcado, digo yo, y aquel grupo de amigas, liberales y vanguardistas de los noventa, solían odiar a mujeres que desde su óptica eran “clásicas” o “inseguras” o “poco inteligentes”. El feminismo nos ha enseñado a comprender por qué mujeres cuyas acciones son sujeto de reproche hacen lo que hacen, entendiendo su pasado, su contexto y sus necesidades. Lo imperdonable es odiar a un tipo de mujeres y pensar que ellas son inferiores. 

La abogada de Harvard, Miranda, queda embarazada tras un encuentro casual con su ex, Steve el cantinero. La situación le crea un dilema porque el embarazo no deseado interfiere con sus proyectos y porque el padre de su hijo no es lo que ella imagina. Miranda ha decidido abortar y el manejo de su decisión y emociones está atravesada por la culpa y el hecho de que Charlotte buscaba quedar embarazada y no podía. Hay una falta de perspectiva de que abortar es su derecho y eso es lo imperdonable. Desde la ética feminista, tenemos claro que abortar es un derecho, no hay culpa mediada por la moral ni lo sobrenatural y sabemos que hay muchas, muchísimas mujeres que recurren al aborto, incluso, en la serie, Carrie y Samantha comparten que en el pasado también lo hicieron. Ni Miranda ni sus amigas son feministas, entonces entiendo el dilema; sin embargo, esa culpa constante, la presión para que Miranda le contara a Steve, la presencia y el llanto de Charlotte, ponían un drama que no soy capaz de soportar.

Y quizás, el manejo más erróneo y torpe fue el episodio de las trabajadoras sexuales trans abajo del apartamento de Samantha. Primero, sus características dramáticas apelan a ese lugar común en donde las mujeres trans son seres inmensamente felices en medio de todas las dificultades y su principal característica es el humor y la alegría; y segundo, la voz en off de Carrie llamándolas “mitad hombres, mitad mujeres” para ilustrar la confrontación que tenían con Samantha. Las mujeres de verdad también son las mujeres trans, aunque no haya consenso. Lo imperdonable es todo en el episodio.

Narrar los noventa. Odiar el pasado

Sexo en la ciudad

Amigas en las calles de Manhattan
Tomado de HBO

Sex and the City es un producto de su tiempo y el que haya llegado a Netflix y nos haga pensar, revela cómo hemos cambiado y cuánto hemos sufrido. Las críticas que vi y leí juzgan y recriminan los rasgos de personalidad de las cuatro y las nombran como lascivas, insoportables, superficiales, poco éticas, amargadas, ansiosas, perras, egoístas, horrendas… y me pregunto ¿por qué quieren personajes sabios y perfectos en las series? ¿Acaso han visto personas realmente sabias y perfectas en la vida real? ¿Por qué les cuesta ubicar una narración en el tiempo en que fue hecha? ¿Por qué les molestan que las mujeres tengan mucho sexo mientras encuentran el amor? ¿Acaso las mujeres no perdonan los errores de sus parejas muchas más veces de las que son capaces de reconocer? ¿Por qué le exigen a Carrie una ética feminista que apenas se pensaba? ¿Será que esas críticas dejan ver tensiones generacionales? ¿Será que el problema es que las aventureras sean un grupo de mujeres? 

No fue la mejor serie de los noventa, fue la que puso en escena a cuatro amigas mujeres que tocaron temas tabú hace 26 años.



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Reflexiones imperfectas con enfoque de género. Una mala feminista y mis ideas sobre política, conflictos, cocina, amor, cine y mucho más.

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